La situación epidemiológica en la provincia ha experimentado variaciones en la circulación de virus respiratorios, transitando desde un brote importante de influenza A y casos de COVID-19 en el mes de mayo, hacia el escenario actual, donde predomina una mayor circulación de la influenza B en comparación con la cepa A, así lo expresó la doctora María Lorena León, directora del Hospital Provincial de Talagante,
A pesar de este panorama, aclaró que el comportamiento de estas patologías no es alarmante y que la realidad del recinto muestra una atención normal y estable de pacientes con cuadros respiratorios agudos, los cuales se han concentrado de manera ambulatoria.
La jefa hospitalaria precisó que la gravedad en la urgencia se asocia principalmente a descompensaciones de pacientes crónicos o asmáticos con patologías pulmonares de base, descartando el colapso por virus respiratorios que se observaba en campañas invernales de años anteriores.
El verdadero foco de preocupación y alta demanda en el hospital proviene de las patologías cardiovasculares, específicamente los infartos y los accidentes cerebrovasculares (ACV), cuya complejidad ha ido en aumento.
La directora alertó sobre un cambio notorio en el perfil de los afectados, registrándose la llegada constante de pacientes cada vez más jóvenes, en rangos de 40 y 50 años, a diferencia del comportamiento histórico que concentraba estas emergencias en adultos mayores de 70 años.
Ante esta realidad y la necesidad de una red asistencial más robusta, las autoridades de Talagante miran con optimismo la puesta en marcha del nuevo Hospital de Melipilla.
La doctora León destacó la infraestructura y complejidad del nuevo recinto vecino, señalando que permitirá una estrecha colaboración e incluso el beneficio directo para la provincia de Talagante en áreas críticas de alta necesidad, como la disponibilidad de camas psiquiátricas.
Mientras las consultas por virus respiratorios se mantienen dentro de los márgenes normales, la dirección del recinto hospitalario enciende las alarmas ante un sostenido aumento de infartos y ataques cerebrales complejos en adultos de entre 40 y 50 años.